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Una huella imborrable

                                                                                          ¿Abortar? ¿No es eso un pecado que Dios castiga?

                                                                                          ¿Castigaría Dios que abortara el hijo de la violación? 

                                                                                         ¿Podría amar al hijo de una violación?

Querido diario: 

 

Hoy mi hija pronunció su primera palabra:  "papá”.  No me pasó por la cabeza que algún día diría la palabra "papá”.  Nunca se la enseñé. Es más, hubiera preferido que no la aprendiera.

 

Pensaba que los nueve meses que tuve a mi hijita en mi vientre y las terapias a las que me sometí, habían sido suficiente para superar el gran dolor que me causó dejarla nacer.   Creí que había olvidado que ella es hija de una violación.  Estoy convencida de que mi pequeña Alana será el recuerdo de una huella imborrable. A pesar de su corta edad, me doy cuenta de que aunque  no quisiera, me recordará al hombre que marcó mi vida para siempre.   Trato de buscar en su rostro algo que me recuerde a mi misma, pero no logro verlo.  Presiento que

será el vivo retrato de su padre.  El rostro de ese maldito que me arruinó la vida.

Era fin de curso.  Mis amigas y yo celebrábamos que pronto sería nuestra graduación.  Pamela había sido aceptada para un trabajo en Washington y aprovechamos la oportunidad para hacer una fiesta.  Su prometido Robert nos prestó su casa.  A pesar de que no consumo bebidas alcohólicas, esa noche me dejé llevar por la presión del grupo y tomé algunos tragos.  Cerca de la media noche, mis amigos decidieron continuar la fiesta en una discoteca.  Me sentía cansada y pensé en no ir, pero otra vez me sentí presionada a asistir. 

 

Decidieron detenerse en el camino para tomar unas cervezas.  Yo me quedé en el auto.  Recuerdo que puse mi auto en el estacionamiento del lugar.  Estaba algo oscuro, pero no temí.  Mis amigos hacían tanto ruido que no creí que alguien se acercara a robar.  Lamentablemente subestimé el lugar.  Pronto se acercó un hombre a la ventanilla de mi auto y me hizo señas para que bajara el cristal.  Sentí un poco de temor, pero obedecí su señal.  Me preguntó sobre la manera de llegar a la ciudad y le dije.  Cuando creí que se había marchado, bajé del auto para ir con mis amigos.  El hombre apareció nuevamente.  Me asusté e intenté entrar a mi vehículo, pero éste me tomó del brazo con una mano y con la otra tapó mi boca.  Quise gritar, pero un fuerte golpe en mi nuca me lo impidió.  Al despertar, me di cuenta de que estábamos en mi auto a pesar de que mis ojos estaban vendados y tenía las manos amarradas. 

 

El mismo se encontraba en marcha y percibía que había más de una persona en el carro.  “¿Quiénes son ustedes?, ¿Qué desean?” -- pregunté, pero no recibí respuesta. “Mire, si lo que quiere es dinero, le puedo dar todo lo que tengo y...” --no pude concluir la frase porque un seco “cállate” me interrumpió.   El camino hacia donde nos dirigíamos se me hizo interminable.  Las personas que me habían secuestrado a penas emitieron palabra durante nuestro trayecto.

Finalmente parecía que habíamos llegado. Los secuestradores me sacaron del auto y me quitaron la venda de los ojos.  Me di cuenta de que nos encontrábamos en un paraje solitario.  “Quítate la ropa”, me ordenó uno de ellos.  “No por favor, no me pida eso”.  “Goyo, ayúdala”, volvió a decir el hombre.  Tuve que soportar que las asquerosas manos de ese hombre me quitara parte de mi ropa.  “No me mires a la cara, es aquí a donde debes mirar”--dijo el hombre que me desvistió, señalando hacia sus genitales.

 

Obedecí.  El otro hombre se acercó e intentó besar mis senos.  Hice un gesto de rechazo, pero me empujó al suelo y comenzó a besarme a la fuerza.  El que me desvistió permanecía frente a la escena observándonos y tocando sus partes privadas.          

 

El que me estaba tocando, se dispuso a bajar el “zipper” de su pantalón.  Me sentí horrorizada e intenté huir, entonces corrió detrás de mí y comenzó a pegarme.  El otro hombre reía a carcajadas. Parecía disfrutar con la escena.  Traté de defenderme, grité, lloré, pero nadie parecía escuchar.  El hombre luchaba para que le permitiera completar su fechoría.  En un intento por defenderme puse uno de mis dedos en uno de sus ojos.  Entonces el hombre me pegó hasta hacerme perder el sentido.

Amanecía.  Una tenue luz entraba por una de las ventanas de la habitación.  Al despertar no recordaba nada.  No sabía dónde estaba.  Tenía un horrible dolor en la cabeza y en todo el cuerpo.  Miré a mi alrededor y pensé que había tomado demasiado en la fiesta de Pamela.  De pronto, tuve un leve recuerdo y asustada me levanté y me miré al espejo.  Vagamente recordaba a alguien que me pegaba.   Me negaba a recordar y pensaba que tal vez había sido un sueño.  Me observé y vi que tenía la misma ropa del día anterior, pero estaba ojerosa y tenía golpes en mi rostro. 

                                                                                                                                 

De pronto recordé todo, comencé a bajar mi ropa interior. AHHHHHHH!!!!!!  Esos malditos habían dañado mi vida.  Mi ropa interior tenía la huella de ese daño. El dolor y la humillación hizo que cayera al suelo presa de la histeria.  Lloré amargamente.  No recuerdo cuánto tiempo estuve allí, tirada en el piso de esa habitación.  Recordé que no sabía dónde estaba, ni quién me trajo a ese lugar.  Sentí asco de mi misma.  Decidí darme un baño, pero como no tenía ropa para cambiarme desistí de la idea y solo me aseé un poco.  Busqué en mi bolso, no me faltaba nada.  Los muy desgraciados me habían hecho todo este daño y no me habían robado nada.  No.  Sí me robaron.  Me robaron mi dignidad de mujer, mi honra.  “Dioooos, ¿por qué? ¿Qué hice para merecer esto?”-- gritaba desesperada.

 

Como loca tiraba todo lo que estuviera a mi paso.  Sentía coraje contra mí, contra Dios, contra el mundo.  Recogí mi bolso y bajé.  Al llegar a la mesa de recepción, pregunté a la joven que la atendía el nombre del lugar.  Esta me informó el nombre del hotel y me dijo que la noche anterior yo había llegado ebria y que unos amigos me habían dejado allí.  La habitación estaba registrada a mi nombre y fue pagada al contado.  Los malditos que me violaron no habían dejado rastro.  Pregunté si había visto a las personas que me trajeron, pero la joven dijo que no estaba en el momento que llegué y que la persona que hizo el registro de la habitación no había firmado. Si hubiera seguido investigando, tal vez hubiera sabido un poco más de quiénes me habían llevado allí la noche anterior, pero dentro de mí había una tormenta.  Por un lado quería saber, pero por otro tenía miedo.  No deseaba volver a pasar por el infierno que había pasado la noche anterior. Abatida agradecí la información y salí. Busqué mi auto pues asumí que debía de estar en el estacionamiento, ya que las llaves estaban en mi bolso.  No sé cómo llegué a mi apartamento, pero lo hice.

 

-Ariana, ¿dónde te metiste anoche?

 

Entré y corrí a mi habitación.  Pamela me siguió.

 

-¿Ocurre algo? -- decía mientras tocaba a mi puerta.

 

-Vete.

 

-Ariana, ¿qué pasa?  Déjame entrar.  Estábamos preocupados por ti.  Desapareciste sin avisar.

 

Decidí abrir la puerta.  Mis ojos estaban hinchados y mi rostro tenía la huella de los golpes recibidos.

                                                                                                                                            

-Dios mío, ¿qué te pasó, te asaltaron?

 

Vi la desesperación en el rostro de mi amiga cuando le narré entre llanto lo sucedido.  Con lágrimas en los ojos me abrazó.  Luego se quedó mirándome. 

 

-Discúlpame Pamela, me quiero bañar.

 

-No.  No debes hacer eso hasta que hables con la policía.

 

-¿Policía?  No quiero hablar con la policía.

 

-¿Por qué no?  Debes denunciar a esos canallas.

 

-No quiero hablar con nadie.  ¿Para qué? ¿Qué les voy a decir?

 

-Amiguita, sé que te han hecho mucho daño, pero debes ir a la policía y decirle lo que me acabas de decir.

 

-Pero que le voy a decir.  Que no pude ver bien el rostro de mis atacantes.  No.  No quiero volver a hablar de esto nuevamente.

 

-Debes decírselo a tu familia.

 

-No.  Ellos viven lejos y no tienen porqué enterarse.  Si tú no se lo dices no tienen porqué enterarse.

 

-Ariana.

 

-Déjame, por favor.—grité desesperada

 

-Está bien.  Voy a estar afuera por si me necesitas. Prométeme que pensarás lo que te dije.--dijo con voz de resignación.

 

No contesté.  Tan pronto Pamela salió corrí al baño.  Sentí asco de mí misma y vomité.  Luego me bañé.  Creo que estuve restregando mi cuerpo cerca de una hora.  Al salir del baño me puse un camisón de dormir y me acosté.  Cerca de las seis de la tarde mi amiga entró nuevamente al cuarto.

                                                                                                                     

-Ari, Ari!

 

-¿Ah, qué pasó?

 

-Nada.  Llevas muchas horas durmiendo.  Mira te preparé unas sopitas.

 

-No quiero.

 

-Ariana, no puedes permanecer ahí toda la vida.  Además tienes que alimentarte.

 

-Lo sé, pero prefiero....

 

-¿Pensaste lo que te dije esta mañana?

 

-Sí, pero no voy a radicar cargos.

 

-Ariana.

 

-¿Contra quién?  Ni siquiera sé sus nombres. –dije con desesperación

 

-¿Esos canallas no dijeron nada que pudiera arrojar alguna pista?

 

-A uno de ellos le dicen Goyo.  Goyo no debe ser su nombre sino su apodo y supongo que deben haber miles de Goyos. --comencé a llorar nuevamente.  Pamela me abrazó.

 

-Amiga, amiguita, no llores.... ¿No reconociste el lugar?

 

-No hubo tiempo, además ya te dije que durante el recorrido me vendaron los ojos.

 

-¿Fue largo el recorrido para llegar al lugar?

 

-No sé, no sé, por favor, no quiero hablar de eso.  Déjame en paz --dije gritando.

 

-Está bien.  Comprendo que estés nerviosa, pero debes pensar en ir a ver un médico para que te examine.

 

-Ya, ya, no entiendes que no quiero hablar del asunto.

 

Pamela permaneció en silencio unos minutos.

 

-Será mejor que me vaya.  De verdad no quiero incomodarte...

 

Sabía que mi amiga tenía razón.  Corrí tras ella y la abracé.

                                                                                             

-Perdóname, sé que estás preocupada por mí, pero no me siento con fuerzas para enfrentar preguntas.  No soportaría que nadie me toque.   Siento rabia contra mí misma por haber asistido a esa fiesta.

 

-No debes sentirte así, tu no sabías lo que iba a suceder.

 

-Aún así, no puedo evitarlo.  Quisiera tener el valor para quitarme la vida.

 

-No. No digas eso. Dios no se agrada del suicidio.  Tu eres una criatura de Dios y no te perteneces a ti misma, sino a Dios.  Mira, voy a respetar tu decisión por ahora, pero prométeme que irás a ver un médico tan pronto te sientas mejor.

 

-Está bien, pero por ahora no.

 

-No, por ahora no.  Será cuando te sientas mejor.

 

No sé cuántos días pasaron.  No asistí a mi graduación para evitar preguntas.  Sabía que nadie a excepción de Pamela sabía lo que me había ocurrido, pero temía que leyeran en mi rostro mi tragedia.  Tampoco visité mi familia.  Les llamé y les dije que no asistiría a mi graduación porque estaba resfriada.  A mi familia le costó entender que no fuera a mi graduación por un simple resfriado, pero al final lo aceptaron.  Mi mamá insistió en venir a cuidarme, pero la persuadí. 

 

Había pasado casi un mes y todavía no había visitado el médico.  Pamela se pasaba todo el tiempo recordándome que debía ir a ver uno.  Decía que tal vez uno de mis atacantes podría estar enfermo y contagiarme.  Sentía mucho coraje al pensar que eso pudiera ser verdad.  Ni siquiera sabía si los dos hombres se aprovecharon de mí, ya que los muy cobardes me violaron mientras estaba inconsciente.

 

Faltando dos días para que se cumpliera el mes de la violación, decidí ir al médico.  Pamela me acompañó.

 

Asustada pregunté

 

-Doctor, ¿cómo me encuentra?

 

-Todo está bien, pero debido a lo peligroso que puede ser el que alguno de los atacantes estuviera enfermo, te vamos a mandar a hacer algunas pruebas:  HIV, enfermedades venéreas y una prueba de embarazo.

 

-¿Embarazo?-Usted piensa que yo...

 

-Mira no quiero inquietarte, pero veo tu matriz un poco crecida.

 

-Eso significa que yo estoy...

 

-Bueno, no necesariamente. La matriz se recrece por un embarazo, pero es solo una posibilidad.  La matriz también puede estar recrecida por quistes y enfermedades.

 

No pude contener las lágrimas.  Tenía una mezcla de sentimientos indescriptibles.  Ahora tenía rabia, impotencia, culpa, dolor y miedo.  Sí, un miedo que llegaba hasta mis huesos.  Pensaba en qué pasaría si esos canallas me hubieran contagiado una enfermedad o me hubieran embarazado.  ¿Es que no bastaba el dolor de la violación y ahora tendría que soportar una enfermedad o un posible embarazo?

 

-No llores.  El que tu matriz esté recrecida no quiere decir que tengas una enfermedad...

 

-Sí, pero...¿y un embarazo?

 

-Aunque la posibilidad de un embarazo existe, no podemos decir que es esa la causa del recrecimiento de tu matriz.  Dime, ¿recuerdas cuándo fue tu última menstruación?

 

-No sé, creo que el 18 del mes pasado--dije sollozando

 

-Hoy es 25 o sea que tienes alrededor de siete días de retraso.  Linda, es posible que solo sea un retraso, es natural que lo que te ha pasado te pueda causar este tipo de desbalance en tu ciclo menstrual, así que tranquilízate y vamos a esperar.  Aquí está la orden para que te hagas los laboratorios.  La prueba de HIV puede tardar varios días, pero de las demás pruebas podremos tener los resultados hoy mismo.

 

-Hija, ¿por qué no haces una querella?

 

-Por favor, doctor, ya le expliqué...

 

- Mi deber como médico me obliga a...

 

-Lo sé, pero eso hace un mes y ya no tiene caso.

 

-Aún así.

 

-Por favor, por favor—dije entre sollozos

 

-Tranquilízate, por ahora guardaremos el secreto, pero piénsalo. ¿sí?

 

Asentí con la cabeza.

 

Aunque las pruebas de una posible enfermedad arrojaron un resultado negativo, me causó un gran trauma saber que estaba embarazada de mi violador.  Lo que había ocultado por un mes, pronto se haría evidente.  Me sentía indefensa e impotente. ¿Cómo iba a enfrentar a mis padres?  ¿Qué les iba a decir?  Quería desaparecer, quería morir.

 

-Ariana, las leyes protegen a las víctimas de violación y en estos casos el aborto es legal.

 

-Gracias doctor--fue lo único que pude decir.  Salí de allí como una autómata.  La noticia me deprimió tanto que me dejó en cama por varios días.  Pamela rechazó la oferta de empleo en Washington para quedarse conmigo.

 

-Ariana  ¿Pensaste qué vas a hacer?

 

-¿Hacer?

 

-Amiga, estás embarazada de tus violadores.  La ley te protege, puedes abortar.

 

-No quiero hablar de eso.

 

-Tienes que hablar.  Pronto se va a notar.  Mira tus padres han estado llamando.  Hasta ahora he podido disculparte cada vez que llaman, pero pronto se impacientarán y seguro que vendrán a ver qué te pasa.  Habla con ellos.  Estoy segura que te van a ayudar.

 

-Dios mío Pamela, no tengo fuerzas.  No sé que les voy a decir--dije llorando.

 

-¿Quieres que vaya contigo a ver a tus padres?

 

-No.  Debo enfrentar esto sola.

 

-Ari, soy tu amiga.

 

-Lo sé, pero yo fui la violada.  Debo hacerlo sola.

 

-Como quieras, pero sabes que estoy aquí, por si me necesitas.

Dos días después tomé valor y fui a hablar con mis padres.  Mamá lloró hasta que no tuvo más lágrimas.  Papá dio golpes en la pared para calmar su rabia y mi hermano insistió hasta el cansancio para que le diera detalles para buscar mis atacantes y matarlos con sus propias manos.  Mi familia estaba dispuesta a pagar para que me hiciera un aborto, pero yo tenía miedo.  Mi hermano me dijo que si quería tenerlo luego de nacido, lo podía dar en adopción.  Les pedí que me dieran la oportunidad de decidir lo que haría.  Estaban preocupados y querían que me quedara con ellos, pero preferí regresar a mi apartamento.  Después de todo ya era adulta y podía tomar mis propias decisiones.  Pamela me presionaba para que tomara una decisión lo antes posible. Decía que si decidía abortar debía hacerlo cuanto antes para evitar complicaciones. Sentía mucho coraje y a mi mente venían muchas  interrogantes  ¿Abortar? ¿No es eso un pecado que Dios castiga?  Si es así, porque Dios permitió que esos canallas me violaran.  ¿Castigaría Dios que abortara el hijo de la violación?  ¿Podría yo tener un hijo que me recordaría para toda la vida la traumática experiencia de una violación?  Me cuestionaba si podría regalar un niño que tuviera en mi vientre por nueve meses y a la vez me preguntaba si podría soportar tenerlo nueve meses dentro de mí.  Desde que supe que estaba embarazada no tenía paz.  No estaba de acuerdo con el aborto, pero me preguntaba si tendría fuerzas para amar al hijo de mi violador.  ¿Qué le diría a mi hijo en el futuro, si decidía tenerlo.  ¿Llegaría a amarlo?  ¿Si lo abortaba, sentiría la culpa de por vida?

 

Todos los días me miraba desnuda al espejo para ver si ya “ese niño” se iba notando en mi.  Un día noté como mis pezones se comenzaban a hinchar y lloré.  La realidad es que lloraba todo el tiempo.  Me parecía injusto lo que me estaba sucediendo.  La vida parecía estarse riendo de mí.  Con apenas 22 años y acabada de graduar; violada y embarazada de mi violador. El dolor inundaba mi alma.  Sabía que fuere cual fuere mi decisión, iba a afectar mi vida para siempre.  Cambiaría el curso de mi vida más de lo que lo había cambiado una violación.  Salí a la calle, visité parques, observé las personas que transitaban con aparente paz.   

 

Me preguntaba cuántas de esas personas podrían estar pasando por lo mismo que yo y cuál sería su decisión.  Me detuve a ver un niñito que le hacía una pataleta a su madre y me preguntaba si mi hijo haría lo mismo.  “Mi hijo”--dije.  “Mi hijo”--volví a repetir.  “Sí’, mi hijo”.  “Mi hijo, no el hijo de nadie más”.  En respuesta, sentí como si un guisanito se moviera de manera casi imperceptible en mi bajo vientre y decidí.  Deseé que mi auto tuviera alas.  Llegué al apartamento y se lo conté a Pamela.

 

-¿Qué?  ¿Estás loca?  Ariana, ese hijo es hijo de...

 

-Mío.--la interrumpí con sequedad.  Este hijo es mío.  Quizás de una manera misteriosa y poco usual, Dios me lo dio.  El me ayudará a crecer como persona y como ser humano.  Hoy mientras observaba otros niños, mi hijo pareció suplicarme que no lo abortara.  Que le diera la oportunidad de nacer, de demostrarle al mundo que los hijos no deseados pueden ser útiles a la sociedad si se les ama.  Por primera vez lo llamé “mi hijo” y no sentí dolor.  En cambio sentí una gran ternura, un gran amor.  Este pequeñito no tiene culpa.  El merece nacer.—decía con lágrimas en los ojos mientras tocaba con ternura mi vientre.

 

-¿Has pensado que ese niño te recordará al padre?

 

-¿Al padre?  No. No lo conozco, ni siquiera sé cuál de los violadores es el padre de mi criatura.  Es más no recuerdo sus rostros.  Mi hijo tendrá un solo rostro.  El rostro de mi amor.

 

-¿Estás segura?

 

-Sí

 

Mis padres pusieron el grito en el cielo, pero al final respetaron mi decisión.  Pamela tenía razón.  El rostro de mi pequeña Alana me trae el horrible recuerdo de la noche más funesta de mi vida.  Ella es la radiografía de una huella imborrable, pero yo la amo y sé que el amor que Dios ha puesto en mí para mi hija será más grande que el dolor que causa una violación. Quizás no vea reflejado mi rostro en el de mi hija, pero estoy segura de que su alma será el reflejo de la mía.

 

Fin

 

Premio segundo lugar: Certamen de Literatura: Categoría: Cuento

Universidad Interamericana de Puerto Rico 2012

Publicado en la Revista Interactiva: Kálathos

Wilma I. Torres

​© 2017 por Wilma Torres Consejera.

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